Me herías con palabras que ardían, y tus silencios eran cuchillos fríos. Cada “te necesito” tuyo venía cargado de desprecio disfrazado de cariño. Me hacías sentir pequeña en tus ojos, me enseñaste a dudar de mi valor, pero aprendí a escucharme, a encontrarme en el eco de mi voz. Hoy camino con los hombros altos, con cicatrices que ya no duelen, porque aprendí que tu sombra no define mi luz, ni mi suerte. Te dejo atrás en memorias gastadas, y abrazo la fuerza que creció en mi pecho.